Conocer a un gran pintor en una sala de cine es algo inusual, pero así sucedió, Gam Klutier, invitado por Ingrid Yrivarren, Presidenta y fundadora de VIVA en el Mundo,  artífice de que este holandés radicado en Perú desde hace 35 años, visite la CDMX para presentar su nueva obra en la Celda Contemporánea, espacio en la Universidad del Claustro de Sor Juana y que este domingo 22 de octubre al iniciar el ciclo de eventos VIVA PERÚ 2017, comenzara con un ciclo de cine a donde se invitó a las personalidades que durante una semana ofrecerán su arte, gastronomía, ideas, propuestas y más en diversos espacios.

Gam Klutier se encuentra emocionado al poder tener la posibilidad de entregar su arte a los mexicanos, y más después del terrible sismo, motivo por el cual ha donado una obra para la subasta que llevará a cabo Galerías Morton en el mes de noviembre. Sobre su exhibición en la Universidad del Claustro que guarda gran historia y que albergará desde este próximo martes 24 de octubre la obra que ha concebido en su taller barranquera el artista habla emocionado. “Pintar es un tipo de realidad que viene del cuerpo mismo. Es una relación que el propio cuadro va indicando. No es nada racional, es un proceso que te lleva a imágenes extrañas, que nunca pensé que llegaría a pintar. Es una traducción de la energía”, señala Gam Klutier.

Aquí reproducimos las palabras de Klutier las cuales se plasmaron en su catálogo para “Huellas en el Camino”, exhibición que se llevó a cabo en el Museo Moderno de Lima. La obra pictórica de Gam Klutier tiene una doble cualidad que parece contradictoria a primera vista y, sin embargo, resulta perfectamente coherente. Por un lado, se complace en presentarnos un territorio fantástico habitado por extraños seres con vagas reminiscencias humanas y animales; por otro, nos insinúa que detrás de ese singular concierto de formas y colores hay algo más que una simple intención lúdica. Esta propuesta ambivalente es el sello de una búsqueda creativa que intentaremos dilucidar en compañía del artista en las siguientes líneas.

Ajeno a modas y tendencias plásticas, Klutier ha preferido indagar dentro de sí mismo, volver la mirada sobre su interior antes que dedicarse a explorar y reconstruir la realidad circundante. Y no es que rehuya el mundo exterior sino que pretende desvelar sus arcanos, restablecer la conexión primordial que une a los seres humanos con su entorno natural. En ese sentido, su pintura es una exaltación de la vida que se manifiesta a través de pinceladas vibrantes, de un juego espontáneo que hace de cada uno de sus lienzos un universo vivo y complejo, extraño y luminoso a la vez.

Hoy, Klutier dispone de un amplio estudio en Barranco, construido especialmente con ese propósito,con ventanas en las paredes y el techo que permiten aprovechar mejor la luz. Es un espacio generoso, que irradia serenidad, donde se aprecian obras concluidas y otras en pleno proceso, las cuales invitan al recogimiento y la contemplación. Pero no siempre fue así. Todavía recordamos el pequeño taller de sus inicios en Lima, donde los materiales y herramientas se amontonaban por doquier, quizá porque el artista aún luchaba por descubrir las formas adecuadas para sus necesidades expresivas. Por entonces, se había concentrado más en la escultura y elaboraba piezas metálicas que desafiaban la gravedad al rodar sobre cables de acero suspendidos en el aire. Quién sabe, tal vez su afán por hallar el equilibrio físico en sus trabajos escultóricos era un reflejo de su búsqueda de un equilibrio espiritual.

Nacido en Delft, la cuna de Vermeer, el artista holandés nunca se imaginó que un día se trasladaría al Perú, donde ha trascurrido la mitad de su existencia. Llegó en 1981, con poco más de treinta años. Y no le fue fácil. Aquí tuvo que comenzar de nuevo, luego de haber disfrutado de una buena situación en su país natal.

“En Holanda trabajaba en publicidad –nos confirma–. Cuando salí de la academia de arte, yo tenía una esposa y dos hijos y, como necesitaba plata, me metí en la publicidad.”

¿Era la publicidad su vocación original?

“No, yo quería hacer películas, pero no contaba con el dinero. En cuanto al arte, pintaba desde que tenía dos años. Más tarde, entré en una academia, donde estudié artes gráficas y seguí clases de dibujo, anatomía, pintura. Por supuesto, no había computadoras en ese tiempo; todo tenías que hacerlo a mano.”

Nos interesa saber algo más acerca de su formación, qué influencias ha tenido, con cuáles artistas se siente más identificado.

“Yo soy un artista cuyos estudios han estado basados en la pintura europea –afirma–. En mis comienzos, la obra del grupo Cobra fue una influencia importante, al igual que Klee y Kandinsky. Estos pintores fueron para mí una revelación. Sentí una atracción muy fuerte hacia ellos, una conexión personal. Sin embargo, yo soy un artista contemporáneo y he estado atento a mi época. Por ejemplo, hice cosas conceptuales, ya que por entonces el arte conceptual estaba muy en boga en Europa. En Holanda, en ese tiempo, prevalecía un ambiente que empujaba a los artistas en la dirección del concepto, sobre todo a los jóvenes. Esto corresponde a los años sesenta. Yo estuve en la academia entre 1964 y 1968, un periodo